sábado, 12 de diciembre de 2009

América latina, la región del todos contra todos

Periodismo / El análisis del presente
Adelantamos parte del prólogo de Los Estados desunidos de Latinoamérica (Algaba Ediciones), que reúne las mejores columnas del autor publicadas desde 2006
Noticias de ADN Cultura: anterior siguiente Sábado 12 de diciembre de 2009 Publicado en edición impresa

Por Andrés Oppenheimer


En momentos de escribir estas líneas, da la impresión de que el continente americano es una región de "todos contra todos". Nunca se han visto más cumbres latinoamericanas proclamando solemnemente la integración regional, ni tantas peleas entre países vecinos. El presidente narcisista-leninista de Venezuela, Hugo Chávez, no ha dejado de pelearse prácticamente con nadie que no integre su bloque de aliados incondicionales. Acaba de proclamar que "vientos de guerra" soplan sobre la región y que "estamos listos para el combate" con la vecina Colombia. Sus embajadores deben vivir con las maletas preparadas, porque Chávez constantemente anuncia "congelamientos" de relaciones diplomáticas -los más frecuentes con Estados Unidos y Colombia- y los llama en consultas a Caracas, para luego volver a enviarlos a sus destinos pocas semanas después. El presidente ecuatoriano, Rafael Correa, ha roto relaciones diplomáticas con Colombia, luego de que el ejército colombiano atacara una base de las narcoguerrillas colombianas FARC en Ecuador y confiscara archivos de computadoras -certificadas como auténticas por un peritaje internacional de Interpol-, que mostraron el activo apoyo de Ecuador y Venezuela a la guerrilla colombiana.

Perú y Bolivia retiraron sus respectivos embajadores hace pocos meses, en medio de insultos del presidente boliviano, Evo Morales, a su colega peruano, Alan García, por presuntamente tratar de perjudicar las aspiraciones bolivianas de obtener una salida al océano Pacífico. Anteriormente, Perú había presentado una demanda contra Chile en la Corte Internacional de La Haya por una vieja disputa sobre el área marítima de unos 37.900 kilómetros cuadrados frente a la frontera entre ambos países. Mientras tanto, sigue latente la disputa entre Chile y Bolivia por la exigencia boliviana de una franja de tierra soberana en el norte de Chile que le proporcione una salida al mar. Uruguay y la Argentina prácticamente no se hablan desde que el gobierno del ex presidente argentino, Néstor Kirchner, respaldó a manifestantes que cortaron las rutas de acceso fronterizo a Uruguay protestando por presuntos daños ecológicos de una papelera finlandesa en la costa uruguaya, a pesar de que estudios del Banco Mundial revelaron que las plantas no eran contaminantes. Las relaciones entre Brasil y Bolivia siguen afectadas por la estatización de plantas petroleras brasileñas realizada en Bolivia. Y Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua -y en tono algo más mesurado Brasil, la Argentina y Paraguay- no pierden ocasión de culpar a Estados Unidos y España por su retraso económico, acusando a los países más ricos de ser la causa de su subdesarrollo regional.

La desunión de las Américas sería un dato anecdótico -a veces divertido- si no fuera porque está fomentando una escalada en gastos militares en la región, poniendo trabas al comercio entre los países, frenando el crecimiento económico y perpetuando la pobreza. Según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), con sede en Londres, el gasto militar en Latinoamérica y el Caribe aumentó un 91% en los últimos cinco años, para llegar a los 47.200 millones de dólares en 2008. Los países que más incrementaron sus gastos militares fueron Venezuela, Colombia, Brasil y Chile, según el IISS. Chávez ha gastado más de 4500 millones de dólares en armas rusas, lo que constituye más del 5% del producto bruto interno venezolano. Brasil acaba de iniciar negociaciones formales con Francia para la compra de 36 aviones de combate por más de siete mil millones de dólares, además de submarinos y otras armas de fabricación francesa. Hasta Bolivia, uno de los países con más altas tasas de pobreza del mundo, acaba de sacar una línea de crédito en Rusia por cien millones de dólares para comprar armas. Los rusos, felices.

Y mientras los países asiáticos firman nuevos acuerdos de libre comercio -incluyendo tratados comerciales entre China y la India, que podrían crear el bloque comercial más grande del mundo-, el proyecto de crear un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) ha caído en el olvido, y las negociaciones para nuevos tratados comerciales bilaterales -tanto entre Estados Unidos y países latinoamericanos como entre estos últimos- se han congelado. La falta de integración económica es patética. Pocos días atrás, conversando con un ministro peruano, me comentó que, debido a las reticencias mutuas por su conflicto fronterizo, Chile está por importar gas natural de Indonesia, mientras que Perú está por exportar gas natural a México. El caso más absurdo de desintegración regional es Centroamérica, donde cinco países pequeños tienen cinco bancos centrales diferentes, cinco monedas diferentes, cinco leyes de inversiones diferentes, y donde -tal como me contó uno de los dueños del grupo empresarial guatemalteco Pollo Campero- es más fácil exportar productos avícolas de Guatemala a China, en la otra punta del mundo, que desde Guatemala hasta la vecina Costa Rica. Los países centroamericanos han creado un Consejo Monetario Centroamericano, un Sistema de Integración Centroamericano, una Corte Centroamericana de Justicia y hasta un Parlamento Centroamericano. Pero en la práctica, a la hora de exportar pollo, les resulta más fácil hacerlo a China que al país vecino.

A diferencia de la Unión Europea, que comenzó con acuerdos muy concretos destinados a facilitar el intercambio de carbón y acero, y luego pasó a tratados mucho más ambiciosos hasta llegar a una política exterior común, los latinoamericanos están haciendo al revés: comenzando por lo más ambicioso, y dejando para un futuro incierto lo más concreto. El resultado concreto es que la gran integración latinoamericana se queda en declaraciones que en su gran mayoría no pasan de ser poesía.

¿Tiene remedio la actual desunión de las Américas? ¿Podrán los líderes de la región anteponer la urgencia de la disminución de la pobreza a su demagogia populista-nacionalista en aras de sus intereses personales? La siguiente colección de columnas, publicadas entre 2006 y 2009, intenta dar una respuesta a esta pregunta. No soy del todo pesimista, pero quiero que los lectores saquen sus propias conclusiones. Por ahora, baste decir que en el mundo de la poscrisis, en que el pastel de la economía mundial será más pequeño y en el que se perfilan cada vez más tres grandes bloques comerciales -el estadounidense, el asiático y el europeo-, los países que no tengan acceso comercial preferencial a uno de los grandes mercados del mundo se quedarán cada vez más fuera de juego. Y los que tengan acceso preferencial a mercados importantes, pero no lo amplíen a nuevos mercados, crecerán mucho más lentamente que los mejor insertados en la economía global. Ahí está el desafío de los próximos años, que sólo se podrá remediar con más unión regional, para poder producir más eficientemente productos que tengan salida a la economía global.

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PERFIL
El hombre que asombra al mundo
El presidente de Brasil se ha convertido en el líder indiscutible de América Latina y una referencia para todos los políticos. Brasil ha pagado este año toda su deuda, crece a buen ritmo y se ha llevado los Juegos de 2016
JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ZAPATERO 10/12/2009

EL PAÍS SEMANAL ofrece este domingo su número especial 'LOS CIEN DEL AÑO'. Hombres y mujeres iberoamericanos que han marcado 2009. Retratados por Mariano Rajoy, Javier Solana, Lydia Cacho, Bigas Luna, Tom Ford, Vicente del Bosque y 91 firmas más. Como adelanto, el perfil del presidente de Brasil, Lula Da Silva, personaje del año 2009, trazado por el presidente del Gobierno, José Luis Rodriguez Zapatero

Este es un hombre cabal y tenaz, por el que siento una profunda admiración. Lo conocí en septiembre de 2004, tras la incorporación de España a la Alianza contra el Hambre que él lideraba, en una cumbre organizada por Naciones Unidas en Nueva York. No podía haber sido mejor la ocasión.


Luiz Inácio Lula da Silva es el séptimo de los ocho hijos de una pareja de labradores analfabetos, que vivieron el hambre y la miseria en la zona más pobre del Estado brasileño nororiental de Pernambuco.

Tuvo que simultanear sus estudios con el desempeño de los más variopintos trabajos y se vio obligado a dejar la escuela, con tan sólo 14 años, para trabajar en la planta de una empresa siderometalúrgica dedicada a la producción de tornillos. En 1968, en plena dictadura militar, dio un paso que marcó su vida: afiliarse al Sindicato de Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema.

De la mano de este hombre, siguiendo el sendero abierto por su predecesor en la Presidencia, Fernando Henrique Cardoso, Brasil, en apenas 16 años, ha dejado de ser el país de un futuro que nunca llegaba para convertirse en una formidable realidad, con un brillante porvenir y una proyección global y regional cada vez más relevante. Por fin, el mundo se ha dado cuenta de que Brasil es muchísimo más que carnaval, fútbol y playas. Es uno de los países emergentes que cuenta con una democracia consolidada, y está llamado a desempeñar en las décadas siguientes un creciente liderazgo político y económico en el mundo, tal y como ya viene haciendo en América Latina con notable acierto.

Lula tiene el inmenso mérito de haber unido a la sociedad brasileña en torno a una reforma tan ambiciosa como tranquila. Está sabiendo, sobre todo, afrontar, con determinación y eficacia, los retos de la desigualdad, la pobreza y la violencia, que tanto han lastrado la historia reciente del país. Como consecuencia de ello, su liderazgo goza hoy en Brasil del respaldo y del aprecio mayoritarios, pero mucho más importante aún es la irreversible aceptación social de que todos los brasileños tienen derecho a la dignidad y la autoestima, por medio del trabajo, la educación y la salud.

Superando adversidades de todo orden, Lula ha recorrido con éxito ese largo y difícil camino que va desde el interés particular, en defensa de los derechos sindicales de los trabajadores, al interés general del país más poblado y extenso del continente suramericano. Sin dejar de ser Lula, en esa larga marcha ha conseguido, además, ilusionar a muchos millones de sus conciudadanos, en especial aquellos más humillados y ofendidos por el azote secular de la miseria, proporcionándoles los medios materiales para empezar a escapar de las secuelas de ese círculo vicioso.

Al mismo tiempo, en los siete años de su presidencia, Brasil se ha ganado la confianza de los mercados financieros internacionales, que valoran la solvencia de su gestión, la capacidad creciente de atraer inversiones directas, como las efectuadas por varias compañías españolas, y el rigor con que ha gestionado las cuentas públicas. El resultado es una economía que crece a un ritmo del 5% anual, que ha resistido los embates de la recesión mundial y está saliendo más fortalecida de la crisis.

Tras convertirse en el presidente que accedía al cargo con un mayor respaldo electoral, en su cuarto intento por lograrlo, Lula manifestó que es inaceptable un orden económico en el que pocos pueden comer cinco veces al día y muchos quedan sin saber si lograrán comer al menos una. Y apostilló: "Si al final de mi mandato los brasileños pueden desayunar, almorzar y cenar cada día, entonces habré realizado la misión de mi vida".

En ese empeño sigue este hombre honesto, íntegro, voluntarioso y admirable, convertido en una referencia inexcusable para la izquierda del continente americano al sur de Río Grande. Tiene una visión del socialismo democrático que pone el acento en la inclusión social y en la justicia medioambiental para hacer posible una sociedad más justa, decente, fraterna y solidaria.

Brasil ocupará pronto un lugar en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, está a punto de convertirse en toda una potencia energética y en 2014 albergará el Campeonato Mundial de Fútbol. Cuando nos vimos en octubre en Copenhague, Lula lloraba de felicidad, como un niño grande, porque Río de Janeiro acababa de ser elegida ciudad organizadora de los Juegos Olímpicos de 2016. La euforia que le inundaba no le impidió tener el temple necesario para venir a consolarme porque Madrid no había sido elegida y fundirnos en un abrazo.

A mí no me extraña nada que este hombre asombre al mundo.


José Luis Rodríguez Zapatero es presidente del Gobierno español.

1 comentario:

Eva dijo...

Usted como presidente de España tiene un balón de fútbol mejor que el de Brasil


Es que los Pirineos al lado del Amazonas


Es que lo único que nos hace falta és crear un observatorio de estrellas


¿ Para qué ?


si con nuestros ojos nuestra visión nuestra mirada simplemente vemos