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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Kosovo como problema; Europa, la solución

TRIBUNA: IGNACIO MOLINA
Kosovo como problema; Europa, la solución
Serbia no reconoce la independencia de su antigua provincia, pero está dispuesta a dialogar con ella bajo los auspicios de la UE. La particular posición española puede ser de utilidad en este nuevo escenario

IGNACIO MOLINA 15/12/2010



Kosovo celebró este domingo las primeras elecciones desde que en 2008 se declaró independiente y la votación se desarrolló con relativa normalidad para sus frágiles estándares institucionales. No es mal balance para el Estado más joven, y más cuestionado, del mundo. Aún está abierta la fractura entre quienes pretenden insertar al nuevo país en la comunidad internacional -como EE UU, casi toda Europa y otras democracias avanzadas- y el centenar de miembros de la ONU -incluyendo a Rusia, China, India o Brasil- que se oponen. Y, pese a que el Tribunal de La Haya dictaminó en julio que su separación de Serbia no fue ilegal, apenas se han producido un par de nuevos reconocimientos desde entonces.


C

A pesar de su postura, España debe normalizar cierta presencia en Pristina

Brasil, India, Rusia y China se oponen a insertar a Kosovo en la comunidad internacional

Pero Kosovo no solo sigue constituyendo un problema de política mundial general, sino que es también un problema específico para España; alineada en el segundo de esos dos grupos, lejos por tanto de sus naturales referentes occidentales, y singularmente europeos. Una elección de bando que, como confirman los cables de Wikileaks publicados por este periódico, no ha dejado de producir quebraderos de cabeza. Y si a los norteamericanos les ha costado entender esta extraña postura, no han sido menores las incomodidades sufridas con los principales socios de la UE. Tal vez España tenga alguna parte de razón sobre el fondo del asunto, pero no ofrece en cambio dudas que, con sus formas, ha suscitado interrogantes sobre la sinceridad efectiva de su vocación -tan declarada durante la reciente presidencia semestral- por una Europa que hable con una sola voz. Máxime cuando tanto esfuerzo está empleando la Unión, a través de la misión Eulex, para estabilizar al endeble país balcánico.

No obstante, al mismo tiempo que el conflicto parece bloqueado y que la UE no ha logrado establecer unidad de acción por el desmarque español y de otros cuatro miembros menores, el mar de fondo está cambiando desde el verano. Contradiciendo, al menos por una vez, la tesis sobre Europa como actor internacional irrelevante, hoy existen posibilidades de que Kosovo se convierta en el medio plazo en la primera historia de éxito de la naciente diplomacia post-Lisboa; y España incluso puede ayudar al que sería el menos malo de los desenlaces.

Para empezar, resulta evidente que, agotada la vía jurídica -pues Kosovo no violó el derecho internacional con su secesión, pero tampoco tiene derecho fundado a ser reconocido por otros-, solo la iniciativa política conseguirá desbloquear el enfrentamiento. Kosovo es ya una realidad estatal irreversible, pero solo logrará su reconocimiento generalizado cuando alcance un acuerdo con Serbia. Y, como quedó demostrado hasta 2007, cualquier negociación estrictamente bilateral o elevada al marco de Naciones Unidas, con Washington y Moscú amparando a cada parte, fracasará. Solo la UE es capaz de propiciar un compromiso, pues puede proporcionar satisfacciones tangibles para ambos, a partir del poderoso recurso que supone la perspectiva, primero, de una asociación y, luego, de la propia pertenencia.

En ese sentido, el camino recorrido este otoño ha sido ilustrativo y esperanzador: todavía en agosto, Serbia insistía en utilizar como altavoz a la Asamblea General de la ONU -donde son mayoría los Estados poco vertebrados que consideran intocable el principio de integridad territorial-, pero la Unión convenció a Belgrado de las negativas repercusiones que tendría seguir boicoteando a Kosovo; al fin y al cabo, un proyecto tutelado por Europa. La Alta Representante consiguió que Serbia enmendase su propuesta original de resolución hasta tal punto que al final se asumió literalmente la última declaración de prensa que ella misma había emitido sobre la cuestión. Y así, por consenso de "28 Estados europeos", se aprobó por unanimidad asignar a Bruselas la función de mediadora entre los dos países. Esa flexibilidad serbia ha sido recompensada hace poco por el Consejo de la UE que ha aceptado tramitar su solicitud de adhesión.

Este lunes, apenas unas horas después de que cerraran las urnas, Ashton -con la reveladora compañía del comisario de Ampliación- recordó al casi seguro reelegido primer ministro kosovar Hashim Thaçi que debe empezar a negociar con Belgrado. Es difícil precisar sobre qué objeto, pues el Plan de Martti Ahtisaari, sobre el que se fundó la independencia, es ya muy completo. Sin embargo, analizando detenidamente lo que cada parte considera inaceptable, y tomando inspiración en soluciones imaginativas aplicadas antes en otros pactos no menos difíciles, es plausible vislumbrar un acuerdo. Así, si bien resulta indeseable cualquier mutilación del norte de Kosovo -que provocaría nuevas tensiones étnicas en todos los Balcanes-, sí puede en cambio discutirse sobre doble nacionalidad, fórmulas de administración conjunta, extraterritorialidad de los monasterios ortodoxos y otras concesiones simbólicas. Serbia, por su parte, no admitirá ser obligada a reconocer la independencia, pero el escollo es salvable si consiente de que otros puedan hacerlo y, como es ya el caso, acepta una relación de facto. Lo anterior puede complementarse con la promesa de una futura reunificación territorial indirecta, cuando ambos ingresen simultáneamente en la UE, lo que serviría además de eficaz bálsamo interno e incentivo para el apoyo mutuo.

La peculiar posición española, divorciada hasta ahora de la causa europea, puede ser de utilidad en este nuevo escenario si alimenta un marco de confianza para Belgrado, que, de hecho, ya ha aplicado dos veces: primero, organizando una reunión en Sarajevo durante la pasada Presidencia -que sentó por primera vez a las dos partes en la misma mesa- y, luego, en las activas gestiones realizadas para que Belgrado aceptase el antes mencionado cambio radical de postura en la ONU. De hecho, el viceprimer ministro serbio Bozidar Delic admitió hace poco, en un seminario organizado por el Instituto Elcano, que no es posible completar la adhesión a la UE sin resolver antes el problema de su antigua provincia, y España les puede ayudar a hacer esa digestión.

Ahora bien, si se desea hacer de puente, es necesario instalar vigas a ambos lados y, aunque no se abra todavía una Embajada, España debe normalizar cierta presencia en Kosovo; otro país europeo con el que irremisiblemente tendrá que cooperar. Para ese fin, quizás haya que replantear la no participación en Eulex y empezar, al menos, a usar las representaciones europeas en Pristina, como ya ha propuesto inteligentemente el Congreso con el consenso de todos los partidos.

Asimismo, España ha de ser leal con esa incipiente voz única europea y, aun cuando siga evitando el reconocimiento formal, debe renunciar a dar lecciones a Estados democráticos y de derecho mucho más asentados que el nuestro. Nadie niega que el caso de Kosovo no sea jurídica y políticamente complicado, pero, precisamente por eso, hubiera sido deseable más prudencia y matices cuando se negaba la sensata tesis de la excepcionalidad de esta secesión. Como acaba de recordar Javier Solana, los crímenes de Milosevic, la desintegración de Yugoslavia y los años de administración internacional del territorio no permitían vuelta atrás.

De cualquier modo, sin tratar de despejar si la postura de España en este tiempo ha estado dictada por valores superiores -que alarmantemente no compartirían nuestros socios cercanos- o más bien por intereses y miedos bastante domésticos -gestionados de manera contraproducente-, parece claro que el mayor retorno que España puede obtener de una solución europeizada al contencioso consiste en desenredarse ella misma de un problema que hoy no sufre ningún otro país europeo occidental.

Ignacio Molina es investigador principal para Europa en el Real Instituto Elcano y profesor de Ciencia Política en la UAM.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Kosovo plantea su futuro alejado de Serbia



Alcanzada la patria, emigrar es el sueño del país europeo con más jovenes La población tiene 25,9 años de media y ganas de comerse el mundo, pero... ¿dónde? "Hablarlo no es problema; la cuestión es otra: el paro", cree una estrella de la tele

JOAQUÍN LUNA Pristina. Enviado especial 22/11/2009 Actualizada a las 00:01h Internacional
Tanta, tanta historia, tantas y tantas muertes y al final el último parto de la Vieja Europa, Kosovo, sólo tiene una preocupación: ¿hay futuro para 1,8 millones de habitantes de los que seis de cada diez tienen menos de 27 años y viven en un país con el 40% de desempleo que todavía no está reconocido por la UE o la ONU?



Y si hablamos del presente, ¿recuperará el ciudadano kosovar serbio las tres vacas que tenía y le robaron por ser serbio? Porque ese es su drama y esa fue su súplica ante un ministro en el programa de la televisión pública Todo es posible con Ana, donde la joven periodista Ana Mari Repic conduce, en serbio y con una gran participación de ciudadanos, este intento de demostrarse y demostrar al mundo que los serbios –que controlaron Kosovo desde 1912– pueden seguir viviendo tranquilos ahora que la mayoría albanesa y musulmana es dueña del país desde la declaración unilateral de la independencia el 17 de febrero del 2008.

El serbio sigue siendo lengua oficial. "No hay ningún problema en hablarlo –señala Repic–. Esa no es la cuestión en Kosovo, la gran cuestión es el desempleo".

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El país de los kosovares es eso: grandes debates geopolíticos y muchos dramas personales e incertidumbres sobre el porvenir de esta pequeña nación, dividida entre un mundo rural sin futuro ni industrias que depende de las remesas de sus emigrantes (el modus vivendi de un 15% de los hogares kosovares) y una juventud que hace de Pristina una capital políglota PALABRAS CLAVE

Kosovo, UE, ONU, Estado, Europa, Serbia, Londres, Belgrado, Estados Unidos, Slobodan Milosevic, Berlín, Irina, OTAN, Tribunal Constitucional, Ana
Según una encuesta, el 50% de los jóvenes kosovares tiene como principal ilusión emigrardinámica, vital y con ganas de comerse el mundo pero... ¿dónde?

"No somos diferentes", dice Irina, una joven traductora, entre las paredes blancas del The Paper, un bar cool, uno más en Pristina, creado por un empresario kosovar afincado en Londres. Es una fuerza educada, que domina muy bien el inglés –la televisión emite, además, en versión original todas las películas– y desmiente la imagen tintinesca de un país de mafiosos balcánicos. "Estamos en vísperas de terminar bien la misión. Nuestro trabajo ha sido hecho. Yo creo que Serbia no es una amenaza externa para Kosovo", afirma el teniente general Markus Bentler, un alemán que dirige la KFOR, la fuerza internacional con mandato de la ONU que desde 1999 mantiene la paz. Hay sensación de misión cumplida en este gran cuartel en las afueras de Pristina, donde se coordinan las fuerzas de 32 países que aún velan, por ejemplo, por el respeto a los símbolos históricos serbios, como la torre que conmemora la histórica batalla de Kosovo de 1389.

Un destacamento eslovaco controla este monumento en las afueras de Pristina desde el que Slobodan Milosevic advirtió en 1989 ante centenares de miles de compatriotas que los serbios nunca renunciarían a Kosovo. Hoy, son las fuerzas eslovacas las que vigilan que nadie vandalice este campo de los mirlos donde las huestes turcas derrotaron a los serbios. Se diría que su mayor tarea es que los contados visitantes apaguen los cigarrillos y no hagan fotos. "La región no es tan diferente del resto de Kosovo. Los serbios se sienten abandonados por Belgrado y amenazados por las mafias", indica un analista diplomático de la UE en la zona norte de Kosovo, donde se concentra la minoría serbia. Estamos en la ciudad de Mitrovica, un invisible muro de Berlín que marca el puente sobre el río Ibar. Al norte, reina el dinar serbio, las banderas tricolores y un orgullo herido pero cada vez más realista. "Los serbios saben que la independencia de Kosovo es irreversible, aunque en su corazón confían en que dentro de 50 o 500 años lo volverán a recuperar", dice la embajadora checa, Janina Hrebickova.

Kosovo se mantiene gracias a la industria de organismos de la UE y el despliegue de la OTAN, que desde 1999 emplea a miles de personas y explica el ambiente internacional de Pristina. No es un maná garantizado. "La luna de miel entre Kosovo y la comunidad internacional ha terminado, pero si Kosovo fracasa como Estado, la UE también fracasa", cree Veton Surroi, fundador del diario Kohe Ditori y experto en entresijos internacionales.

Todavía queda mucho que hacer y gastar: Kosovo es un Estado en construcción bajo tutela de Estados Unidos y la UE, donde el primer Tribunal Constitucional tiene un magistrado búlgaro, uno estadounidense, uno portugués y seis kosovares...

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Añadir comentario Roberto 22/11/2009, 08:30
Serbia tenia que pagar por las atrocidades facistas cometidas en Bosnia , los serbios enterraban vivos a los niños bosnios y violaban a todas las mujeres desde los 7 años hasta los 100 . La verdad es que les ha salido muy barato



ivan 22/11/2009, 02:37
@el pato malo: exácto. Kosovo no es un país, es una base militar. Afortunadamente, no para mucho tiempo más, el ejército estadounidense está en quiebra, el 2010 será el año de grandes cambios geopolíticos. Los albaneses siempre pueden emigrar a su patria - Albania, no hace falta que se queden con Kosovo que no les pertenece.