Mostrando entradas con la etiqueta Europa del Este. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Europa del Este. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de octubre de 2008

El voto municipal consolida la división étnica en Bosnia



Los nacionalistas serbios, croatas y bosnios se refuerzan en sus feudos
AGENCIAS / A. R. - Sarajevo /

Lejos de cerrarse, las heridas que recorren el territorio de Bosnia-Herzegovina parecen ensancharse a 13 años del fin de la guerra. Las elecciones municipales celebradas ayer en el Estado balcánico son la radiografía de un país paralizado, existente casi sólo en los papeles, y cuyas distintas comunidades no están dispuestas a integrarse. Los partidos nacionalistas serbios, bosnio-musulmanes y croatas reforzaron posiciones en sus respectivos feudos. Las formaciones multiétnicas y defensoras del desarrollo del Estado unitario quedaron marginadas.


Algo más de tres millones de ciudadanos estaban convocados a las urnas para elegir a unos 140 alcaldes en las dos entidades que conforman el país, la serbia República Srpska y la federación bosnio-croata. Sin embargo, la campaña fue interpretada por las formaciones políticas como una medición de fuerzas de los distintos proyectos centrífugos, alentados por la declaración de independencia de Kosovo en febrero. Los asuntos locales fueron mayoritariamente descuidados.
La participación alcanzó el 55% y fue, significativamente, más elevada en las áreas rurales -muy sensibles a los discursos nacionalistas- que en las ciudades, donde se concentra el mayor número de partidarios de los proyectos de integración multiétnica. Varios analistas interpretaron la alta abstención en las ciudades como una señal de resignación ante el auge de los nacionalismos y la parálisis de las instituciones centrales.
A falta de completar el recuento, ayer se erguía como principal vencedor de la cita electoral el primer ministro, Milorad Dodik, líder de la comunidad serbia, cuyo partido se adjudicó 41 de las 60 alcaldías en juego en la República Srpska, triplicando los resultados de las anteriores elecciones. El Parlamento de ese territorio se refirió el pasado febrero a la posibilidad de convocar un referéndum sobre una secesión.
En la federación bosnio-croata, la formación musulmana nacionalista Partido de Acción Democrática se adjudicó 38 de las 80 alcaldías en juego, también mejorando su posición con respecto a 2004. Los nacionalistas croatas sumaron otras 16 en las zonas en donde su población es mayoritaria.

El multiétnico y opositor Partido Socialdemócrata consiguió nueve municipios.
"Si esta dinámica continúa, las elecciones parlamentarias de 2010 serán un censo étnico de la población", declaró a la agencia Reuters Asim Mujkic, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Sarajevo. Una paradoja, vista la incapacidad del Estado bosnio de llevar a cabo un censo real, equilibrado y efectivo de su población a causa del desacuerdo entre las distintas entidades en la materia. Desacuerdos que también paralizan imprescindibles reformas en los sistemas judicial, educativo y policial, entre otros.

Bosnia-Herzegovina
A FONDO
Capital:
Sarajevo.
Gobierno:
República.
Población:
4.025.476 (2004)
Ver cobertura completa
-->

domingo, 24 de agosto de 2008

El conflicto del Cáucaso


La ampliación hacia el Este europeo abre nuevas grietas en la OTAN
La crisis georgiana reaviva las diferencias estratégicas entre EE UU y Europa
ANDREA RIZZI
La política de ampliación de la OTAN hacia el Este de Europa, impulsada por la Casa Blanca ante la perplejidad de varios países del viejo continente, está abriendo nuevas grietas en la Alianza Atlántica. La actual crisis de Georgia, país cuya aspiración a ser incluido en las próximas rondas de ampliación ha desatado la ira de Moscú, ha reavivado la brecha estratégica que se abrió con motivo de la invasión de Irak entre Washington y Londres, por un lado, y la Vieja Europa, por el otro, tal como la definió el ex jefe del Pentágono Donald Rumsfeld.

"La división se ha exacerbado", dice el International Crisis Group
Lachowski: "Rusia ha elegido el momento más oportuno para desatar la crisis"
Aunque las fricciones son menos aparentes en esta ocasión -y a pesar de que los actuales Gobiernos de París, Berlín y Roma sean más filoestadounidenses que los anteriores- el conflicto caucásico muestra que las divergencias de los dos bloques en la actitud hacia Moscú no han sido reconducidas con los cambios recientes en varias cancillerías europeas y amenazan con ensanchar distancias en el seno de Occidente.
"Este asunto hace aflorar discrepancias que están sobre la mesa desde 2002. Puede tener consecuencias muy serias para Occidente. Moscú es un socio fundamental en casi todas las prioridades internacionales: Irán, crisis energética, terrorismo nuclear", comenta en una conversación telefónica desde Estados Unidos Steven Miller, director del Departamento de Seguridad Internacional de la Universidad de Harvard.
"La división se ha exacerbado", sentencian en un informe publicado el viernes los expertos del centro de análisis International Crisis Group, pese a los esfuerzos de las cancillerías de los países miembros de la OTAN en aparentar unidad. "La ampliación de la OTAN tiene como precio la enemistad de Moscú", prosigue Miller. "En mi opinión es un error: es una cinta de transmisión de problemas desde el Este hacia el corazón del Oeste. Creo que en términos estratégicos sería enormemente más rentable apostar por una buena cooperación con el Kremlin que desgastar esa relación para anclar a ciertos países en la órbita occidental. Moscú es demasiado relevante", dice el académico.
Otros, por supuesto, no opinan lo mismo y la diferente valoración de los dividendos de las dos opciones paraliza a Occidente, tanto en la OTAN como en la UE. La cumbre del martes en la que la Alianza Atlántica decidió enfriar las relaciones con Rusia se centró "más en evitar divisiones internas que en solucionar el problema", según Andrew Wilson, analista del think tank European Council on Foreign Relations.
Los aliados decidieron en esa reunión extraordinaria que las relaciones con Moscú no podían "seguir como antes", pero no concretaron ninguna medida específica. Washington, Londres y varios países del Este europeo chocaron con el veto de sus otros socios europeos a su propósito de formular una reacción más dura. El común denominador alcanzado fue juzgado como mínimo por muchos observadores.
Si la divergencia está sobre la mesa desde hace tiempo, "Rusia ha elegido el momento más oportuno para desatar la crisis, con la UE paralizada en su reforma aún no resuelta y la Casa Blanca con un inquilino con fecha de caducidad cercana", observa desde Suecia Zdzislaw Lachowski, experto en relaciones euroatlánticas del Instituto Internacional de Estudios de Paz de Estocolmo.
"Moscú ha logrado su objetivo: advertir a Occidente de que no acepta su política y a los países vecinos de que tengan mucho cuidado", prosigue. "Ahora lo previsible es que reconduzca su conducta dentro de cauces menos agresivos -que sólo provocarían un acercamiento de posiciones dentro de la OTAN- y deje a Occidente frente a sus contradicciones". Contradicciones que, si se han ocultado más o menos en los foros políticos, han ocupado estos días el proscenio en la prensa internacional con avalanchas de editoriales y columnas de opinión.
De un lado se yerguen quienes invocan un fortalecimiento de la OTAN frente a una Rusia más agresiva "que busca nada menos que un poder de veto sobre su expansión", en palabras del diario británico The Times, y exigen una firme respuesta a la desafiante actitud rusa, una consolidación de la esfera de influencia y la protección a países que libremente han vuelto su mirada hacia Occidente.
Por el otro, están quienes subrayan que esa misma expansión de Occidente -junto con la independencia de Kosovo y el escudo antimisiles en Polonia- ha alimentado un sentimiento de "humillación" en Rusia, que "ha abierto el camino al ascenso de Vladímir Putin" y ha inducido y permitido a éste "sofocar la democracia rusa", según escribía el premio Pulitzer Thomas L. Friedman en The New York Times. ¿No es más importante acompañar y fortalecer la democracia en Rusia que en Georgia?, preguntan algunos.
"Lo que me preocupa es que en EE UU el debate público ha sido poco plural, y los aspirantes a la Casa Blanca se han empleado en competir sobre quién lanzaba las amenazas más duras contra Rusia", comenta Miller. "Si seguimos con esta dinámica, reforzaremos la deriva autoritaria en Rusia. Aislarla puede convertir en irresolubles muchos problemas de enorme relevancia".


Un destructor estadounidense descarga ayuda humanitaria en Georgia
OTAN(Organización del Tratado del Atlántico Norte)
A FONDO
Sede:
Bruselas (Bélgica)
Directivo:
Jaap De Hoop Scheffer (Secretario General)
Ver cobertura completa
La noticia en otros webs
webs en español
en otros idiomas

Rusia, Georgia, Stalin, Kosovo, Márai, Amis y Más, pero sobre todo Marx


El conflicto entre Rusia y Georgia, al igual que todos los que involucran a la extinta Unión Soviética (URSS), es muy complejo, y por lo tanto, un análisis en profundidad requiere explorar ángulos históricos y emocionales amén, de los sucesos contemporáneos que enemistan a estas dos repúblicas que durante ocho décadas tuvieron un destino común bajo la tiranía del Partido Comunista Soviético.
Osetia del Sur, - con 66 mil habitantes, y Abjasia, con 215 mil, - son dos regiones que geográficamente están en territorio georgiano, pero sus habitantes exigen independencia desde que Georgia declaró la suya en 1991 tras el colapso de la URSS. En el caso de Osetia del Sur, 70% de su población tiene ciudadanía rusa y la mayoría son caucasianos de procedencia y cultura distinta a la del menos del tercio de los georgianos que allí viven. En Abjasia, la población rusa es menor que en Osetia, pero los abjasios autóctonos sienten más afinidad con Rusia que con Georgia, razón por la cual también aspiran a soberanía o algún tipo de confederación con el régimen de Moscú.
Es por esto que la raíz del conflicto, que hoy incluye factores geopolíticos e intereses energéticos, es étnica y nacional, y en eso se basan los líderes separatistas osetios y abjasios para exigir su independencia de Georgia. ¿Por qué hay tal mezcla de poblaciones rivales en estas regiones? La mayor responsabilidad recae en las políticas de un hombre que nació en Georgia, pero que eventualmente se convirtió en el arquitecto de la Unión Soviética y no solo terminó por identificarse como ruso, sino que intentó “rusificar” a las republicas conquistadas por su imperio: Yosef Stalin.
El Factor Stalin
No hay dudas de que a aquel sujeto a quien apodaron “Koba” durante su niñez y luego Stalin, - “el (hombre) de acero” - cuando se convirtió en un joven del partido comunista, tiene una gran responsabilidad sobre lo que ocurre hoy, tanto en Georgia, como en otros lugares de lo que fue la URSS.
Nacido en una de las ciudades más afectadas por el reciente conflicto bélico en Osetia del Sur, Gori, que se encuentra a encuentra a 30 Km. de su capital Tsjinval, Stalin fue uno de los más importantes asesores de Lenin cuando el ejército soviético, bajo las órdenes del fundador de la URSS invadió y anexó Georgia en 1921 para convertirla en una república vasalla de Moscú. Entonces, considerado por los georgianos como un traidor, Stalin aconsejó al nuevo gobierno bolchevique a no demostrar ninguna piedad a sus compatriotas: “¡Hay que tratar a esta tierra georgiana con un hierro al rojo vivo! […]- arengó entonces - ¡Tenéis que romperle las alas a esta Georgia! ¡Que corra la sangre de los pequeño burgueses hasta que depongan toda resistencia!... ¡Descuartizadlos!”.
La cita la proporciona Martin Amis en su libro Koba El Temible, quien señala que para el historiador Robert C. Tucker, en ningún sitio se trató peor a las víctimas del Gran Terror de este tirano que en el Cáucaso, y específicamente en Georgia, en donde Stalin ordenó asesinar o enviar a campos de trabajo forzado (GULAG), a 425 de los 644 delegados que asistieron al congreso del partido comunista georgiano de 1937. Para Amis, Stalin - responsable de la matanza de más de 16 millones de soviéticos - se ensañó contra Georgia por vergüenza a sus humildes orígenes y a su propia familia, y su odio a esa republica llegó a niveles paroxísticos, no comparables con sus camaradas rusos de partido.
En los años 20, ya como presidente del Partido Comunista y sucesor de Lenin, Stalin dividió a Osetia en dos regiones y le entregó la parte sur a Georgia, dividiéndola de la región rusa de Ingusetia, que junto a lo que hoy se llama Osetia del Norte, es parte integral de la actual Rusia. Estas políticas se fundamentaban en venganzas del tirano contra gobernantes a quienes despreciaba, pero sobre todo, tenían la intención de seccionar a las repúblicas soviéticas y transferir poblaciones entre ellas, para enviar a miles rusos a difundir a lo largo y ancho del imperio soviético el idioma y la cultura eslava. El incremento de población rusa en detrimento de poblaciones autóctonas, - lo que el Partido Comunista llamó “la rusificación” de la URSS, - pasó por la deportación forzada de millones de personas. La región del Cáucaso fue una de las que más sufrió estas transferencias masivas de población, entre ellos, georgianos, chechenios, y armenios.
Stalin fue el causante de la actual situación de coexistencia forzada entre grupos étnicos diferentes que bajo el yugo soviético estuvieron obligados a abandonar sus sentimientos nacionalistas, adoctrinados por la ideología comunista. Sin embargo, esta mezcolanza que nunca amalgamó, explotó en violentos conflictos en la ex republicas soviéticas. El caso de Osetia del Sur es emblemático de las consecuencias de esta política, puesto que los habitantes osetios autóctonos y los rusos, de esa región, se niegan a ser parte de una Georgia independiente.
Para muchos rusos Stalin fue el hombre que consolidó el orgullo ruso en la era soviética, mientras que para los georgianos, fue un apóstata que destrozó sus aspiraciones nacionales.
El factor Stalin es un ingrediente del conflicto ruso-georgiano que no debe ser menospreciado a la hora de tomar en cuenta la animosidad entre estas dos repúblicas.
El Factor Imperial
Rusia ve a las ex republicas soviéticas como sus aliados naturales, o en todo caso, como parte de su “área natural” de influencia, aunque muchos gobiernos y poblaciones de esos países no tengan la menor simpatía por los rusos. Esta percepción es natural, porque muchas zonas de Asia Central, el Báltico, y el Cáucaso, - en donde se encuentra Georgia, - estuvieron bajo el dominio de los zares, durante siglos, y luego, fueron invadidas por el régimen soviético. Para gran parte de los rusos, la desintegración de la URSS fue una humillación, - no porque estuviesen contentos con su régimen totalitario y su sistema económico fracasado, - puesto sino porque que significó la pérdida de hegemonía sobre los otros países de aquel imperio.
En su obra autobiográfica ¡Tierra, Tierra!, el escritor húngaro Sándor Márai, registró sus primeras impresiones sobre la llegada de los rusos a su país, cuando se conformó el bloque de naciones europeas comunistas, luego de la II Guerra Mundial, y en un intento de ser objetivo, el autor personalizó el drama de muchos soviéticos que conoció en Budapest. Sin embargo, sobre los rusos, no pudo más que llegar a la conclusión de que estaban dispuestos a sacrificar grandes valores como la libertad intelectual o espiritual, en nombre de la expansión y consolidación de su imperio. Márai cita a un personaje famoso que en el siglo 19 profetizó lo siguiente: “Cuando Rusia cuenta con la cobardía y el temor de los poderes occidentales, hace que suene su sable y aumenta a un grado máximo sus exigencias, para comportarse luego como si fuera magnánima al contentarse con alcanzar sus objetivos más inmediatos…¿Ha pasado ya el peligro? No. Sólo es la ceguera de las clases dirigentes de Europa la que ha llegado a su cenit. Para empezar, la política rusa es inmutable…Pueden cambiar los métodos, las tácticas o las maniobras, pero la estrella polar de su política – la dominación del mundo – es un estrella fija”.
El autor de estas líneas fue el alemán Karl Marx, y estas palabras podrían perfectamente reflejar la posición rusa ante el reciente conflicto de Osetia del Sur: si occidente vacila, Rusia impone su política en base a la fuerza, y cuando reacciona, entra en una fase pragmática de negociaciones para obtener sus objetivos más inmediatos, sin renunciar a los de largo alcance, en este caso, la independencia o anexión futura de esa región georgiana a su país.
Si a esto le agregamos que los conflictos de hoy son esencialmente energéticos, que el Cáucaso es una región rica en petróleo y gas, y que Georgia es estratégica para transportar esta energía desde lugares como Kazajstán y Chechenia, entre otras, hacia su mercado en Europa, está claro que Rusia no permitirá que ese país se haga aliado de la Comunidad Europea, como su actual gobierno aspira, ni mucho menos de la OTAN.
El Factor Kosovo
El argumento de los gobernantes de la región de Kosovo, para separarse de Serbia, no estaba basado en que alguna vez esa provincia serbia fuese una nación independiente, sino, esencialmente, en el aspecto étnico y religioso. El 90% de los kosovares son albaneses musulmanes, a diferencia de un 10% de eslavos cristianos, del mismo origen de los serbios y de los rusos. Por lo tanto, a pesar de que Kosovo perteneció a Serbia desde 1912, y luego a la ex-Yugoslavia, su parlamento declaró unilateralmente su independencia, en febrero de 2008, e inmediatamente fue reconocido como nación soberana por 27 naciones, incluyendo a 10 de la Comunidad Europea.
El argumento de los líderes separatistas de Abjasia y Osetia del Sur, para independizarse de Georgia, no está fundamentado solamente en el aspecto étnico, sino, en un argumento de mayor peso: el nacional. La mayor parte de los territorios de Abjasia fueron anexados por la Rusia Zarista en 1864, al igual que lo fue Osetia – la que hoy está divida en la del norte y la del sur - en 1801, pasando luego ambas a ser reconquistadas por la Unión Soviética. Ambas regiones también gozaron de breves períodos de independencia.
Desde este punto de vista, Abjasia y Osetia del Sur poseen mejores argumentos históricos que Kosovo para exigir su independencia, y de ahí que sus líderes apelen constantemente a lo que llaman “el precedente kosovar”, para exigir que el mundo no actúe con hipocresía en sus casos. Ya desde el colapso de la URSS, los separatistas abjasios lograron, con ayuda rusa, dominar militarmente su región, luego de proclamar su independencia en 1992. Los osetios del sur se declararon en 1990 como una región ligada a Osetia del Norte y por lo tanto, de Rusia, pero Georgia la anexó como parte de su territorio original, previo a ser conquistados por la URSS. Tras conflictos violentos, en 1992 se creó una fuerza tripartita integrada por soldados autóctonos osetios, georgianos y rusos, para mantener el status quo de continuar siendo provincia georgiana bajo influencia de Moscú.
Sin embargo, la dirigencia de Osetia del Sur cambió su estrategia original de unirse a la del norte bajo soberanía rusa, eligiendo un presidente y parlamento propio, en 2001, y luego, con un plebiscito, en 2006, que - con el apoyo de la abrumadora mayoría de su población - proclamó su independencia. Sin embargo, hasta ahora no han sido reconocidos como soberanos por la comunidad internacional. Así las cosas, tanto Abjasia como Osetia del Sur mantienen una autonomía de facto, aunque de iure (desde el punto de vista jurídico), aun son parte de Georgia. Es por esto que durante el reciente conflicto bélico el parlamento de Osetia del Sur ha exhortado al mundo a reconocerlos como Estado independiente, basado en el “precedente kosovar”.
Paradójicamente, la independencia de Kosovo se ha convertido en el gran argumento político de Rusia – más allá de su superioridad militar – para justificar el por qué, en su percepción, tiene derecho a intervenir en Osetia y Abjasia.
Más Factores
Son muchas las razones por las cuales el conflicto entre Rusia y Georgia se complicó hasta conducir a ambas naciones al borde de convertirse en la primera gran guerra manifiesta entre dos ex republicas soviéticas.
El conflicto comenzó apenas Georgia se independizo de Moscú, pero pasó de las amenazas a la violencia en 1995 durante la presidencia del ex canciller de Gorbachev, el georgiano Eduard Shevardnadze, cuando separatistas abjasios junto a aliados pro-rusos nor-caucásicos masacraron a decenas de miles de georgianos, mientras que en Osetia del Sur, más de 20 mil fueron expulsados. Entonces, Georgia también deportó a familias osetias de ciudadanía rusa, durante años de mutuas acusaciones entre ambos países de ejecutar políticas de “limpieza étnica”. Se calcula que unos 10 mil civiles, pro-georgianos y pro-rusos murieron victimas de violencia interétnica. Tras el derrocamiento de Shevardnadze, tras la llamada “revolución de las rosas”, en 2003, el nuevo gobierno, encabezado por el actual presidente, Mijail Saakashvili, prometió restaurar la integridad territorial de su país, y con ese fin, impulsó una política exterior agresiva contra Rusia, exigiendo el retiro de sus fuerzas de paz en las regiones en conflictos, declarando que Georgia buscaría integrar la Comunidad Europea, y, algo inaceptable para Moscú, postularía para ser miembro de la OTAN. La apuesta de Saakashvili fue muy arriesgada, y más sorprendente aún resultó la incredulidad de los europeos y norteamericanos en creer que su acercamiento íntimo con un vecino de Rusia, sería permitido por un país de tradición expansionista y que, definitivamente, no renunciaría a sus áreas de influencia.
El mal cálculo de la administración Bush en el caso de Georgia – lo cual ya parece un estilo de gobernar – y la avidez europea de posesionarse en una zona de la cual son energéticamente dependientes, les hizo subestimar que Rusia reaccionaría agresivamente ante cualquier provocación georgiana. Medvedev, el nuevo presidente ruso, es obviamente un títere del ahora Primer Ministro Putin, quien no dejó piedra sobre piedra en una zona del Cáucaso - Chechenia - en donde fue masacrada más del 20% de su población musulmana durante una guerra por su derecho a la autodeterminación.
Los georgianos se equivocaron al pensar que los Estados Unidos vendrían a su rescate en caso de una guerra. Rusia mostró sus garras apenas Georgia se atrevió a enviar soldados a Osetia del Sur, les obligó a retroceder y demostró que occidente no está dispuesto a inmiscuirse en un conflicto bélico contra ellos. Por lo tanto, tras la firmar de la tregua en el actual conflicto, Georgia es el gran perdedor: ha debido admitir la permanencia de tropas rusas en su territorio, reconocer el derecho de sus grupos separatistas, e incluso, sus probabilidades de ser miembros de la Comunidad Europea son ahora más distantes que nunca.
Que dan claras varias cuestiones esenciales de este conflicto.
- El Cáucaso y Asia Central seguirán sumidas en disputas entre sus diversos grupos étnicos, religiosos, nacionales, y en rencores ancestrales, cuyas consecuencias – entre ellas el surgimiento de nuevos países – tendrán impacto para muchos movimientos separatistas del mundo.
- Rusia se fortalece luego de este conflicto, retornando como potencia bélica en el tablero internacional en sus áreas de influencia.
- La política de Medvedev es sucesora e hija de Putin, y por lo tanto, Europa, más que Estados Unidos, debe reconciliarse con la idea de que Rusia volverá a engullirse a varias de las naciones independientes a las cuales anteriormente dominó, a menos de que hagan caso al alerta que durante años han manifestado varios de sus intelectuales como los franceses André Glucksmann y Bernard-Henri Lévy: “¿Va a reinar el orden en Tiflis como reinó en Budapest en 1956 y en Praga en 1958?…sólo cabe contestar con una respuesta. Hay que salvar, aquí y ahora, a una democracia amenazada de muerte. Porque no se trata sólo de Georgia. El caso afecta también a Ucrania, a Azerbayán, a Asia Central, a Europa del Este y, por lo tanto, a Europa. Si dejamos que los tanques y los bombarderos arrasen Georgia, les estamos diciendo a todos los vecinos, más o menos cercanos a la Gran Rusia, que jamás los defenderemos, que nuestras promesas son papel mojado, que nuestros buenos sentimientos se los lleva el viento y que, por lo tanto, no pueden esperar nada de nosotros.” (¿SOS Georgia?, ¡SOS Europa!, El Mundo, 13 de agosto de 2008).
- Marx tenía razón cuando dijo: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. Solo que en este caso, no citamos a Karl, el sociólogo alemán, sino a Groucho, el comediante estadounidense.
arielsegal@hotmail.com

martes, 19 de agosto de 2008

PUTINERIAS

La pregunta que se impone responder a los venezolanos es si es posible hacer una "alianza estratégica" con una gran potencia, ponerse "bajo su protección" y desembarazarse al mismo tiempo de las tropelías que esa potencia perpetre en el ámbito internacional.

La experiencia demuestra que esto no es posible, como se desprende de la conducta seguida por Fidel Castro durante el conflicto chino soviético, en que terció abiertamente a favor de la URSS, o la invasión de Checoslovaquia en 1968, en que contra la opinión mayoritaria del mundo, una vez más, se puso del lado de los tanques rusos y respaldó resueltamente la invasión, aún a costa de pagar un precio muy alto.

Una cierta lógica política tasa los respaldos de tal manera que cada apoyo crea una obligación tácita o explícita de que se va a actuar de un modo recíproco respecto del otro, so pena de quebrantar las bases de la asociación o alianza y fracturarla hasta hacerla inviable.

Una de las pretensiones del neo comunismo (o socialismo) es liberarse de los imperativos de la lógica, como lo han hecho de toda racionalidad, sobre todo económica; por lo que les parece posible expropiar los bienes ajenos y decir que respetan la propiedad privada, establecer una hegemonía comunicacional a la vez que exaltan la libertad de expresión, mandar a la cárcel o al exilio a los opositores y proclamar al mismo tiempo la defensa de los derechos humanos, defender al terrorismo y no querer ser considerados como forajidos.

Desafortunadamente el sentido común nos sigue diciendo que no se puede hacer sociedad con Vladimir Putin (como con Al Capone) y evitar ser llamado al mimos tiempo "gángster". En un conflicto global, Venezuela podría quedar ubicada en el lugar equivocado en el momento menos propicio.

El gran aporte de Putin a la política mundial es ser cabeza del neo totalitarismo, pretender que se puede restaurar el comunismo post soviético, reconstruir la pretendida grandeza de la Unión Soviética, pero con un cínico revestimiento de pseudo democracia, para cumplir con los cánones de la civilización occidental, que en el fondo considera como una farsa de la que se puede burlar a gusto.

Lo que reivindica Putin es la llamada "política de poder", la creencia de que el sistema internacional es una selva donde impera la ley del más fuerte; el prejuicio soviético del "cordón sanitario" que se estrecha alrededor de Rusia y que él tiene la obligación de ensanchar, hacia fuera, hacia occidente y oriente por igual, hasta abarcar todo el mundo. Si esto no es imperialismo, habrá que buscarle otro nombre, pero resulta por sí solo bastante amenazante.

GEORGIA. Coincidiendo con el inicio de los juegos olímpicos de Pekín, los tanques rusos invadieron esta pequeña república del Cáucaso, el pasado 8 de agosto, apoyo aéreo incluido. Curiosamente, la hegemonía comunicacional del Kremlin presentó al presidente de Georgia como "agresor" y "genocida", sin omitir que se aprovechaba de los juegos olímpicos para encubrir sus acciones.

Incluso para los venezolanos, acostumbrados como estamos a la táctica del régimen de imputarles a los otros lo que ellos hacen, resulta imposible digerir, ni siquiera concebir tanta maldad y cinismo. No sólo porque Georgia estaría perpetrando esa agresión contra su propio territorio y los georgianos se estarían matando a sí mismos, sino porque de inmediato hicieron recordar que la utilización de las olimpiadas para encubrir invasiones es toda una tradición soviética: así fue la invasión de Hungría en 1956, coincidiendo con las olimpíadas de Melbourne; la de Checoslovaquia en 1968, con las de México y la de Afganistán justo antes de las mismísimas olimpiadas de Moscú, en 1980, lo que propició el boicot de los juegos por algunos participantes, pero no impidió que la cobertura periodística dirigiera la atención del público hacia los juegos, alejándola de los teatros de operaciones y de la muerte de civiles.

Lo cierto es que los rusos han organizado y armado unos grupos irregulares separatistas en la región que llaman Osetia del Sur, que se encuentra en el mero corazón de Georgia, para provocar la acción de las fuerzas armadas del Estado, a la que ellos se han tomado la libertad de responder en una escala tan abrumadora que es imposible no advertir que se trata de una operación planificada con mucha anticipación.

El verdadero motivo de la invasión es la solicitud de Georgia de formar parte de la OTAN, lo que siendo un vecino de Turquía, que ya forma parte de la organización, es considerado por el Kremlin como un avance inaceptable en su patio trasero. Por este motivo están dispuestos a ir a una guerra generalizada. El mito del "cerco profiláctico" y la política de poder reinan otra vez en Moscú.

Esta invasión pone en evidencia no solo que los tanques rusos ya no pueden derrocar gobiernos para sustituirlos por gobiernos títeres dentro de su órbita, como en el pasado, sin conseguir resistencia armada, sino también la impotencia de Europa frente a la amenaza rusa. Todo el antiamericanismo cultivado por décadas se espanta ante el rugido del oso, que no puede ser domesticado sin contar con el respaldo de los aliados al otro lado del Atlántico. Otros se han limitado a comentar, encogiéndose de hombros, "uno no va a la guerra con alguien que te puede cortar el suministro de gas".

Rusia no puede convencer a nadie, no puede lograr que alguien quiera irse voluntariamente hacia su sistema, sea comunista o neocomunista, por lo que apela a la lógica del chantaje: adhesión incondicional o aniquilación. Esto es lo que le han ofrecido a Georgia, como antes lo hicieron con Chechenia.

Putin se ha ganado su lugar en la historia como Iván El Terrible o Stalin, un autócrata desalmado, un nuevo Zar sin la nobleza de los Zares. Y este es el último logro de los neocomunistas: han perdido el miedo al juicio de la historia. Los marxistas ortodoxos habían sustituido la idea del fin de los tiempos y el Juicio Final por la lucha final y el juicio de la historia. Realmente creían que la historia los pondría en un pedestal o los lanzaría al basurero. Pero los neo comunistas han superado por completo esas supersticiones. Realmente les importa un carajo lo que la historia diga de ellos, si ahora disfrutan del poder y sus beneficios, todo lo demás son supercherías de viejas.

Ciertamente, lo más amargo de nuestro tiempo no es que los buenos hayan perdido toda esperanza sino que los malos hayan perdido todo temor.

ANNA. La Politkovskaya fue asesinada el 7 de octubre de 2006 enfrente de su residencia en Moscú, justo el día de cumpleaños de Vladimir Putin. Como en una película de El Padrino, el pistolero dejó caer el arma con que le dio dos tiros, al pecho y la cabeza, y se alejó tranquilamente, como si no hubiera hecho nada. Más ruido hicieron los corchos de las botellas de champaña, los aplausos y las risas en la celebración de los 54 años del "salvador de Rusia", "amigo de todos los niños", "criador de cerdos más destacado del país", "mejor minero", "camarada de todos los atletas" y "más destacado director de cine", como ella lo reseña en su libro La Rusia de Putin, un bestseller en el exterior, pero extrañamente ignorado en el interior del país.

En Rusia se da la paradoja de que algunas personas no consienten que sus opiniones sean publicadas adentro, por temor a las consecuencias y en cambio no tienen reparo en que se publiquen en el exterior, confiando con toda certeza en que lo que se diga afuera no será conocido dentro del país, tal como ocurría durante el período soviético.

Los que dispararon contra Anna apostaron muy alto, porque al vincular el crimen así fuera simbólicamente con Putin se aseguraban la más absoluta impunidad y la abstención de todo el aparato judicial y de seguridad del país. ¿Quién podría sacar la mano por una periodista defensora de chechenos, tanto menos si esta de por medio el nombre del Zar de todas las Rusias?

Hay que reconocer que desde el ascenso de Yeltsin a la caída de Anna habían sido asesinados más de 300 periodistas en toda Rusia, sin que se armara tanta alharaca. Es el precio que se paga al pasar de un régimen cerrado a una sociedad abierta, de opinión pública, a la que las mafias no se acostumbran, por lo que resuelven las discrepancias de opinión a su manera, a la de Putin y compañía, es decir, a tiros.

Dice Anna: Me acerco al final de este libro, cuando el calendario marca la fecha 6 de mayo de 2004. No se ha producido el milagro de que alguien cuestione los resultados de las elecciones presidenciales del 14 de marzo. La oposición las ha respaldado. Por lo tanto, mañana asistiremos a la inauguración de la época de Putin II, un presidente reelecto con la increíble mayoría del 70% de los votos. Aunque descontemos un 20% de votos fraudulentos destinados a redondear el resultado, igual habrá recibido votos suficientes para asegurarse la presidencia.

En pocas horas, Putin, un típico teniente coronel del KGB soviético, subirá otra vez al trono de Rusia. Su imagen es tan estrecha y provinciana como induce a pensar el rango militar que alcanzó. Tiene la antipática personalidad de un teniente coronel que nunca consiguió ser ascendido a coronel y las maneras de un policía secreto soviético que suele husmear a menudo en la vida de sus colegas. Y además es vengativo. Ni uno solo de sus oponentes políticos ha sido invitado a la ceremonia de nombramiento, como tampoco ninguno de los partidos políticos que no se pliegan a sus dictados.

Y como epílogo: Si atendemos a los sondeos de opinión elaborados por las empresas (encuestadoras) que no desean perder sus contratos con la oficina presidencial, la popularidad de Putin no podría ser más elevada. Afirman que cuenta con el apoyo de la aplastante mayoría de la ciudadanía rusa, que goza de total confianza, que nadie desaprueba sus acciones.

ALEXANDER. Quien se dedicó a realizar una investigación independiente del asesinato fue Litvinenko, antiguo agente del KGB, hoy Servicio Federal de Seguridad (FSB), pero fue detenido, encarcelado y amenazado al punto que huyó con su familia de Moscú y pidió refugio político en Londres.

Hasta allí fue perseguido y asesinado mediante un producto identificado como "Polonio 210" un isótopo nuclear. Un producto así, que produce una muerte agónica, tiene el sello oficial de los servicios secretos de Putin.

Su defensa es ejemplar: "Lo que Litvinenko iba a decir ya lo había dicho". Mejor es la del Ministro de Defensa, típica de la burocracia soviética: "No era nadie". Lo que no gusta al Reino Unido es que el FSB extienda sus tentáculos y ande asesinando gente incluso en Piccadilly Road, en mero centro de Londres, lo que afecta algo más que la seguridad y el respeto debido a la Corona.

Putin se debate en una sorprendente paradoja: por un lado, quiere parecer frío, duro, inflexible, inspirar horror, que es como los autócratas rusos entienden el respeto; pero así parece inhumano, cruel, "una fría estatua de hielo", como lo definía Anna Politkovskaya, algo problemático para sus asesores de imagen.

Entonces da un giro copernicano y aparece cargando niñitos, besando viejitas, visitando heridos en los hospitales, poniendo una cara de circunstancia, como si estuviera a punto de arrancarse a llorar, que resulta ser más caricaturesca que una simple falsificación. Completamente intragable.

En sus memorias Lénin confesó que cuando veía niños se sorprendía invadido por una corriente de ternura, le provocaba acariciar; pero entonces retrocedía espantado: "¡No, no! –se decía-: ¡Es necesario golpear, golpear!"

Pobre Volodia, su rigor, implacabilidad, intransigencia revolucionaria sigue siendo el karma de quienes le siguieron y aún permanecen bajo su influencia no solo en Rusia, sino en todo el mundo. Fingen ignorar que mientras las estatuas exhibían un Lénin granítico, líder del proletariado mundial, en realidad, en una dacha remota, un anciano retirado era consumido por la bacteria de la sífilis y daba muestras ostensibles de demencia. Todavía se conserva ese cerebro deformado por los estragos de la enfermedad y una vida insoportable.

Putin, por supuesto, no es Lénin. Es apenas un teniente coronel con gravísimos delirios de grandeza. Un problema embarazoso que no se sabe todavía cómo resolver; pero que se está tornando peligroso, incluso para sus acomodaticios jala-colaboradores.

Luis Marin

domingo, 17 de agosto de 2008

¿A usted le importa Abjazia?



ANÁLISIS: Guerra en el Cáucaso EL OBSERVADOR GLOBAL
MOISÉS NAÍM 17/08/2008

¿Había usted oído hablar de Osetia del Sur? ¿Y de Abjazia? ¿Sabía cual es la capital de Georgia? A comienzos del siglo pasado Ambrose Bierce escribió que las guerras son la manera que tiene Dios para enseñarnos Geografía. Resulta que mientras muchos estábamos de vacaciones siguiendo ocasionalmente las noticias de los Juegos Olímpicos de Pekín y tratando de ignorar las nefastas noticias sobre la economía, un pequeño y, para muchos, ignoto país (Georgia) decidió ponerle orden por la fuerza a dos provincias separatistas aun más pequeñas y desconocidas (Osetia del Sur y Abjazia). Esto provocó la desproporcionada reacción militar de Rusia que invadió Georgia, y que no oculta el deseo reestablecer su dominio en la región y de mandar de paso una clara advertencia a otros países que le han ido perdiendo el temor y el respeto al gigante del vecindario.
Medvédev dice a Sarkozy que el lunes comenzará la retirada de las tropas rusas
La noticia en otros webs
webs en español
en otros idiomas
Puede que la extraña guerra del verano de 2008 se olvide. Pero sus consecuencias perdurarán
Para algunos comentaristas en pocos meses nadie se acordará de esto y Abjazia, Osetia (tanto la del sur como la del norte) y toda esa región volverán al anonimato. Pero aunque esto ocurra, la crisis entre Georgia y Rusia revela algunas realidades que nos afectan a todos.
¿Para qué sirve una superpotencia? Si nos guiamos por lo que pasó en Georgia parece que no para mucho. Allí, y una vez más, el poderío militar, tecnológico, económico y diplomático de EE UU no sirvió para proteger sus intereses. Georgia es un fuerte aliado de los Estados Unidos, que a su vez considera al pequeño país un bastión en su lucha por promover la democracia y el libre mercado en el mundo. Georgia es de los países que más soldados aportó a la guerra en Irak. Su presidente, Mijail Saakashvili apostó a que la alianza con la superpotencia le protegería de la brutal Rusia de Vladímir Putin. Se equivocó. Y para mal o para bien, el mundo tomó nota. Retar a la superpotencia ya no es tan peligroso; especialmente si se tiene mucho petróleo. Putin, Ahmadineyad y Chávez así lo han demostrado.
¿Es Osama bin Laden más importante que Otto von Bismarck? No. Después de los ataques del 11-S la interpretación generalizada fue que los principales retos a la seguridad mundial ya no emanaban de guerras tradicionales entre naciones sino de agrupaciones como Al Qaeda, es decir, grupos armados y bien organizados capaces de operar internacionalmente y sin afiliación permanente a país o Gobierno alguno.
Las ideas de Von Bismarck el canciller alemán del siglo XIX según las cuales "el gran juego de ajedrez mundial" se define por el balance de poder entre naciones condenadas a competir entre sí dependiendo de sus necesidades y su poderío militar, pasaron de moda. Los grupos terroristas y no los Estados nacionales se volvieron el foco de atención de generales, espías, diplomáticos y políticos. Pero como me dijo Carlos Lozada, un editor del Washington Post, es irónico que un Gobierno como el de George W. Bush, que comenzó en el 2000 insistiendo en que su máxima prioridad internacional era contener a Rusia y China y que después del 11-S reemplazó esa prioridad por la guerra mundial contra el terrorismo, concluya su mandato enfrentado a Rusia en medio del despliegue olímpico chino. El episodio de Georgia no quiere decir que las amenazas simbolizadas por Osama bin Laden hayan desparecido. Simplemente nos alerta de que las que describió Von Bismarck no han perdido vigencia. Ahora las tenemos a las dos.
¿Sosiega la globalización los instintos bélicos? No tanto como creíamos. La integración económica es el mejor antídoto contra las guerras ya que cuanto más comercio e inversión hay entre países, mayores son los costos de un conflicto armado. Las instituciones como Naciones Unidas, el Grupo de los Ocho, la Unión Europea, la Organización Mundial del Comercio, los tribunales internacionales, el Derecho Internacional, las normas y las relaciones interpersonales contienen los impulsos guerreros. Estas ideas, muy en boga hasta hace unos años, habrá que revisarlas. En la crisis de Georgia todas las instituciones internacionales así como las leyes y normas que en teoría sirven para contener guerras fallaron.
Y las relaciones personales también. Cuando George Bush conoció a Vladímir Putin, lo miró a los ojos y captó "una sensación sobre su alma. Lo encontré directo y confiable", dijo el presiente. Seguramente Bush estará repensando lo que descubrió en los ojos del ex agente de la KGB transformado en todopoderoso zar de Rusia. Por otro lado, también es fácil imaginar a Putin sonriéndose mientras ve cómo el presidente que invadió a Irak despreciando a la ONU y todas las normas, hace acrobacias para reivindicarlas. Es probable que la extraña guerra del verano del 2008 sea olvidada muy pronto. Pero sus consecuencias perdurarán y se sentirán más allá del Cáucaso.
mnaim@elpais.es